Congregación B'nei Israel - San José, Costa Rica |
Rabina Daniela Szuster
En los Iamim Noraim hacemos un balance del año que pasó. Nos reencontramos con nuestras raíces, tomamos coraje para hacer frente a las adversidades de la vida erguidos como un tronco, alzamos nuestros brazos y miradas al cielo como si fueran ramas al viento, y proyectamos un año mejor en el cual podamos recoger los frutos de nuestro esfuerzo.
En las Altas Fiestas somos como árboles.
En estos Iamim Noraim nos gustaría poder aprender del Tamar de la jueza Dborá, del Eshel de Abraham Avinu, del árbol del conocimiento del bien y el mal, del árbol del Gófer con el cual Nóaj construyó su arca, del Kikaión de Ioná, de la zarza de Moshé que ardía y no se consumía y del árbol de la vida.
Hoy les quiero hablar del árbol de Gófer, el árbol del renacer.
Cuenta la Torá que hubo un momento en la historia de la humanidad en que el hombre trastocó todas las normas básicas de convivencia. Sólo reinaba la perversión, corrupción y confusión. La humanidad llegó a un punto que era imposible seguir viviendo de ese modo.
Cuántas veces nos ocurre en nuestras vidas que nos encontramos en un callejón sin salida, en una encrucijada difícil de solucionar. Repetimos incansablemente los mismos errores, que nos dañan y a veces también dañan a los demás. Incisivas angustias que obstaculizan nuestro potencial de crecimiento y desarrollo.
Inevitablemente las crisis ocurren, pero afortunadamente no son eternas.
Nóaj, estimulado por D"s, busca una luz en el horizonte. El resto de su generación estaba obnubilado, cegado de esperanza.
En el Talmud, Tratado Tamid, se preguntan quién es sabio y algunos contestan, "Haroe et Hanolad", el que puede ver lo que nace. Justamente Nóaj, siguiendo esta definición, se puede decir que fue sabio, ya que pudo ver que algo nuevo podía nacer.
Con el árbol de Gófer, Nóaj construye una Teibá, un arca, en medio de la destrucción.
El agua del diluvio permitió que Nóaj ingresara a una nueva dimensión, quizás similar a la del líquido amniótico.
Nóaj, junto a su familia y otras especies, de alguna manera, se vuelven a gestar y son paridos en tierra firme, protegidos por la paloma que anuncia el nacimiento de un nuevo comienzo.
Estos Iamim Noraim pueden asemejarse a aquella Teibá, arca construida por Nóaj, dado que nos posibilitan viajar por un nuevo líquido amniótico y la oportunidad de volver a nacer.
Renacer no significa ser otros sino encontrar un sendero en los callejones sin salida que nos atosigan en la vida.
Nóaj nos enseña que no sólo podemos encontrar nuevos caminos a nuestra vida sino también para nuestra sociedad. Nóaj abrió una puerta, logrando que toda la humanidad no se hunda eternamente en el caos y desesperación.
Cada uno de nosotros tiene los árboles de Gófer para construir su propia arca y elegir un nuevo rumbo en este nuevo año que comienza.
Quiera D"s guiarnos y acompañarnos en este nuevo sendero que emprenderemos este año.
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