Congregación B'nei Israel -  San José, Costa Rica


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Parashá de la Semana:   Sábado 18 de diciembre, 2004

               B”H

VAIGASH 5765

 Génesis 44:18 - 47:27

 

MENSAJE DE TORÁ  -  Rabina Daniela Szuster

La parashá de esta semana nos relata principalmente el reencuentro y reconciliación entre Iosef y sus hermanos.  Al final de la parashá nos cuenta la Torá que, como había soñado Iosef, la época de las vacas flacas ha llegado y el pueblo egipcio sufría de hambre.  No quedándoles otra opción, los egipcios se vendieron como esclavos al faraón.  Lo que llama la atención es cómo el mismo pueblo que ha sufrido la esclavitud, unos años más tarde es el que esclavizará al pueblo de Israel.  En momentos de bienestar y abundancia se olvidaron rápidamente de lo que habían sufrido en carne propia.  Pareciera ser que el ser humano tiende a olvidar la amargura y dolor que tuvo que vivir.  No sólo esto sino que es capaz de dañar al prójimo de la misma manera que lo dañaron a él mismo.  Quizás por eso la Torá nos recuerda permanentemente:  “Y recordarás que esclavo fuiste en la tierra de Egipto”. Nunca olvides lo que sufriste y sé sensible para con el sufrimiento de tú prójimo, dado que tu mismo estuviste en aquella situación y puedes entender que es muy dolorosa y cruel.  Dice la Torá:  "Amarás a tu prójimo como a ti mismo"  y como explica Maimónides, "todas las cosas que quieres que los demás te hagan a ti, hazlas a tu prójimo" y no a la inversa.  Quiera D"s podamos ser sensibles al dolor y sufrimiento de nuestro prójimo y no hacerle lo que no nos gustaría que nos hagan a nosotros mismos.

Shabat Shalom.

 

SERMÓN  -  Rabino Rami Pavolotzky

En la parashá de esta semana, parashat Vaigash, somos testigos del reencuentro de Iosef con sus hermanos, y más tarde con su padre Iaakov.  Todos se reencuentran en Egipto, arrastrados por la hambruna que reinaba en la tierra de Israel.  Toda la familia de Iaakov, los setenta miembros, se asientan en la zona de Goshen, lugar privilegiado para el pastoreo.

Es sumamente interesante el pequeño diálogo que mantiene Iaakov con el Faraón de Egipto, al ser presentado por Iosef.  El faraón le pregunta "… ¿cuántos son los días de los años de tu vida?" (Génesis 47:8).  A lo que Iaakov responde:  "… los días de los años de mi peregrinaje son ciento treinta años; pocos y aciagos han sido los días de los años de mi vida y no han alcanzado a los días de los años de la vida de mis padres, en los días del peregrinaje de ellos"  (Génesis 47:9).

Este es el único diálogo que mantendrán por el resto de sus vidas Iaakov, el jefe de un pequeño clan, acomodado pero hambriento, y el Faraón, el rey del imperio más grande de su época.

Varios elementos de este diálogo llaman la atención del lector atento.  Para empezar, no se entiende por qué el Faraón pregunta sólo por la edad de Iaakov, mientras que a sus hijos les pregunta sobre su ocupación, y conversa con ellos sobre la probable vida que podrán desarrollar en Egipto (Génesis 47:1-4).  Tampoco se entiende la respuesta que da Iaakov:  ante una pregunta relativamente técnica y específica del Faraón de Egipto, Iaakov entrega una reflexión poco habitual, melancólica y quejosa.  Iaakov parece hablar desde la autoridad que brinda la edad, aún ante el hombre más poderoso de la tierra.  Sin embargo, no se entiende su necesidad de explicar cómo han sido sus años, cuando sólo le fue requerido que mencione su edad.  Además, tampoco queda claro por qué Iaakov afirma que ha vivido menos años que sus padres, cuando él no sabía aún cuántos años le quedaban por vivir.

El comentarista medieval Ramban, Najmánides, es quizás quien brinda la respuesta más adecuada a todos estos interrogantes.  Él dice que Iaakov aparentaba ser extremadamente viejo, mucho más de lo que era considerado normal en Egipto.  Al Faraón le llama mucho la atención el aspecto de Iaakov y por eso le pregunta cuál es su edad.  Según Ramban, Iaakov se da cuenta del asombro del Faraón y le contesta diciendo que en realidad él no es tan viejo como parece, que de hecho sus padres llegaron a ser mucho más ancianos que él.  La causa de que se vea así es que su vida ha sido dura y triste, las angustias y el sufrimiento le han provocado ese aspecto particular.

Es interesante notar cómo nuestros sabios conocían muy bien la influencia que tiene la forma en que vivimos, en nuestro rostro en particular, y en nuestro cuerpo en general.  Ellos sabían que todos tenemos una edad biológica, pero además contamos con la edad "vivida", por llamarla de algún modo, que es la que aparentamos y sentimos cada día al levantarnos.

            A medida que transcurre nuestra vida, vamos forjando nuestra propia edad.  Hay circunstancias inevitables, que hacen que seamos más felices o más desgraciados.  Ante esto es difícil oponerse.

Pero nuestra tradición nos indica que somos nosotros los hacedores de nuestra vida, los electores de nuestro destino.  Iaakov vivió gran parte de su vida engañando y siendo engañado.  No tengo dudas de que cuando declara "… pocos y aciagos han sido los días de los años de mi vida…" él recuerda las penurias y el sufrimiento que, en cierto sentido, él mismo causó y se causó.

Las arrugas y las canas que los años nos traen pueden adornar nuestros rostros, siendo símbolos de la bendición de haber vivido vidas largas y fructíferas.

Cuando vivimos en forma sincera, entregando a cada instante lo mejor de nosotros, haciendo de la lealtad, de la amistad, de la fe, la esperanza y el amor, banderas que izamos cada día, entonces nuestros cuerpos y rostros lo agradecen, se relajan y respiran mejor.

Aprendamos de la vida de nuestro patriarca Iaakov, podamos escuchar su consejo sutil.  Los engaños nos engañan, la sinceridad nos hace mejores personas.

             Shabat Shalom.

 

 

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Última actualización:    28 de diciembre, 2004